Esta
biografía de Robert Oppenheimer se publicó originalmente en 2005.
La
producción de una película basada en la misma, cuyo estreno es
inminente, llevó a que fuese traducida al español casi veinte años
después. Es un retraso un tanto incomprensible, porque la
personalidad del protagonista y su papel central en,
al menos, un par de
hechos históricos de singular importancia en el siglo XX, deberían
haber bastado para llamar la atención de nuestras editoriales
desde hace tiempo.
Aunque
no sea
desmesuradamente extensa (esta edición en tapa dura de Debate son
700 páginas de texto y 150 más de notas, bibliografía e índice),
se trata de una biografía muy detallada, que atiende con
minuciosidad tanto a la vida
privada como pública del protagonista.
En ocasiones, sobre todo en
el tratamiento de las personas relacionadas de un modo u otro con el
protagonista, resulta prolija.
La
propia historia de su redacción tiene ya tintes legendarios, pues
tardó 25 años en escribirse, tras pasar de ser obra de un solo
autor a serlo de dos: el
encargado inicial de escribirla, Sherwin, que murió en 2021, había
acumulado en diez años unas 50.000 páginas de entrevistas,
transcripciones, cartas, diarios, documentos desclasificados y
expedientes del FBI. Todo ese material, almacenado en cajas, solo
pudo empezar a ordenarse cuando unió sus fuerzas a
las de Kai Bird.
La
historia de Oppenheimer tiene tres focos principales de interés: su
personalidad, su protagonismo
en el proyecto Manhattan y su condición de víctima más renombrada
del macartismo. Ni que decir tiene que son aspectos
interrelacionados.
Oppenheimer
fue un hombre extraordinariamente carismático
e inteligente, y nada
inocente de atesorar en su personalidad altas dosis de vanidad y
soberbia, y restos de
imprecisos trastornos nunca superados que afloraron en su etapa
universitaria.
Educado
durante sus primeros años en la Escuela
de cultura ética, una
institución educativa
que podríamos llamar
de innovación educativa,
esta formación inicial reforzó e
incentivó su tendencia
innata a tener una gran
variedad de intereses. Esta
diversidad de inquietudes
intelectuales fue la que, a la larga, lo arrojó
a una vida llena de preocupaciones sociales, políticas, científica
y éticas, que lo alejaron de la dedicación exclusiva a la física.
Durante la lectura de su vida es imposible evitar hacerse la pregunta
de adónde podría haber llegado como científico,
si no hubiese compartimentado su mente de la manera en que lo hizo.
Quizás es
esa misma trayectoria vital la que ofrece una respuesta: lo que él
hubiese podido descubrir
o aclarar como físico
tarde o temprano otro lo habría de hacer;
sin embargo, solo él, Robert
J. Oppenheimer,
hubiese podido liderar y protagonizar lo que él lideró y
protagonizó.
Tal
es el caso de su
participación en el proyecto Manhattan,
que para él fue una tarea primordialmente política, antes que
científica. Oppenheimer había desarrollado a lo largo de los
depresivos años
30 un compromiso social que
fue de la mano de las
corrientes comunistas estadounidenses
de la
época.
Estas relaciones, que lo marcarían nefastamente ya desde el
principio a ojos de muchos,
lo llevaron también
a dirigir su preocupación
hacia la situación de
Europa, en concreto hacia la amenaza ya real del nazismo, que
perseguía sin contemplaciones a los científicos alemanes
desafectos. Fue luego el
potencial militar desplegado por Hitler durante la Segunda Guerra
Mundial lo que lo condujo,
junto con muchos otros científicos de renombre, a convencerse de que
solo el desarrollo de un arma poderosísima podría detener a
Alemania. Obviamente, las
implicaciones militares y políticas del asunto, a corto, medio y
largo plazo, no fueron obviadas por las autoridades. El respaldo fue
absoluto
y la historia de la construcción
y planificación del
laboratorio de Los Álamos y lo que allí se vivió constituye uno
de los relatos más fascinantes dentro de esta
biografía.
Pero
cuando parecía que el éxito científico anunciaba el éxito militar
del proyecto, los avatares de la guerra provocaron un giro trágico
en la vida de Opphenheimer y, sin duda alguna, de la humanidad en
general. De repente, Alemania
dejó de ser el objetivo del
arma nuclear: el impulso no
científico de aquella tarea científica simplemente fue
ninguneado y
fue reemplazado
por intereses bastardos que ansiaban dar un monumental puñetazo en
la mesa internacional como aviso a navegantes.
Las
devastadoras consecuencias
de lanzar el arma nuclear sobre dos ciudades de un país a punto de
firmar la rendición tuvo unas repercusiones que aún perduran. La
biografía de Opphenheimer narra con precisión la
conmoción que ello
supuso entre los miembros del proyecto, que inevitablemente se
sumergieron en un debate ético y político al respecto cuando,
como científicos,
vieron las consecuencias reales de su trabajo, tan diferentes
de las
que habían imaginado al motivarse pensando en la Alemania de Hitler.
Como
señalan los autores, el más afectado
sería Oppenheimer:
sabía que, en un sentido fundamental, el Proyecto Manhattan había
conseguido que un arma de
destrucción masiva fuera la culminación de tres siglos de física;
la sensación que tuvo de que, en consecuencia, el
proyecto había empobrecido la física
fue inevitable. En cuanto logro científico, Oppenheimer no tardó
mucho en denigrarla.
La
catástrofe humana de Hiroshima y Nagasaki reforzó su faceta
intelectual y comprometida.
Al mando del Instituto de Estudios Avanzados en Princeton (una
institución multidisciplinar que le venía como anillo al dedo),
Oppenheimer se convirtió en
un reflexivo, y atinado, analista de cómo debía enfrentarse el
mundo a la existencia de un nuevo tipo de armas que, como muy bien
expresó en 1953 con una frase lapidaria, había convertido a Estados
Unidos y a la URSS en "dos
escorpiones encerrados en una botella, cada uno capaz de matar al
otro, pero solo a riesgo de perder su propia vida."
Su biografía refleja con generosidad lo que Oppenheimer pensaba
sobre el asunto y que dejó expuesto en numerosos discursos, ensayos
y entrevistas.
Aunque
la persecución inquisitorial a la que se sometió a Oppeheimer se
radicalizó a partir de 1950, es impresionante constatar cómo en
ningún momento de su vida, desde que en los años 30 había empezado
a relacionarse con determinadas corrientes izquierdistas, dejó de
estar sometido a vigilancia por parte del FBI. De nada sirvió que no
hubiese pertenecido nunca al Partido Comunista, ni que renegase del
comunismo cuando este quedó alterado por el
control ideológico desde la URSS.
Oppenheimer nunca
pudo librarse de la sospecha de no ser un buen estadounidense:
a los ojos de determinados sectores políticos, sociales y
económicos, nunca dejó de ser
alguien no confiable.
Su
postura crítica hacia
las políticas nucleares del gobierno no hicieron más que acrecentar
el rechazo hacia él, y eso a pesar de que Oppenheimer nunca renegó
de su gobierno. El
comentario de Einstein lo sintetiza bien: "El problema de
Oppenheimer es que quiere a una mujer que no lo quiere a él: el
Gobierno de Estados Unidos. (...) La cuestión es simple: todo lo que
tiene que hacer es ir a Washington, decir a los mandatarios que son
unos imbéciles y volverse a su casa."
Pero
Oppenheimer era
un auténtico patriota. Siempre
quiso influir, siempre quiso mejorar aspectos
esenciales de la
democracia de su país,
como, por ejemplo,
la necesidad de derribar los
muros de secretismo levantados por el gobierno en materias
relevantes, como la nuclear, para dejar fuera de
la toma de decisiones a la
población. Lo que en las décadas siguientes pasaría con otros
asuntos, como Vietnam, demuestra que su esfuerzo iba bien
encaminado.

De
hecho, toda la implacable persecución a la que lo sometió el
macartismo,
auspiciada por su némesis
particular, el millonario
Lewis Strauss, tenía
como simple objetivo
el retirarle sus credenciales
en relación con la seguridad nuclear,
porque permitían que un sospechoso
tuviese
acceso a los secretos del poder. El
lector asiste durante cientos
de páginas a algo
que no termina de entender bien, a una farsa, no tragedia
(como el mismo Oppenheimer se
encargó de precisar)
y que le recuerda, paradójicamente, a los procesos implacables del
comunismo soviético contra los infieles.
Sin
duda, la vida de Robert
Oppenheimer es
una vida de película; pero
uno tiene la sensación de que solo
una biografía, tan bien escrita y tan bien documentada como esta,
puede aproximarse a ofrecer
un reflejo de lo que fue.